Por qué en 2023 tenemos que eliminar palabras como “minusválido” o “inválido” de nuestro vocabulario

Ha llegado el momento de descartar palabras como “minusválido” de nuestro vocabulario, y concienciarnos de la importancia de crear un lenguaje inclusivo. En este artículo te contamos por qué y cómo. 

“Minusválido”, “discapacitado”, “inválido”…

Vivimos en una sociedad que necesita categorizar y clasificar todo y a todos, muy a menudo, sin tener consciencia del impacto que esta categorización y el vocabulario que la acompaña puede tener en el ser humano.

En Bidea abogamos por un cambio radical hacia un lenguaje y un comportamiento mucho más inclusivo.

Después de dos décadas sirviendo a las maravillosas personas que ahora componen la comunidad Bidea, queremos liderar el cambio que tanto necesitamos, empezando por crear conciencia de la importancia del lenguaje positivo en nuestra sociedad.

El poder de las palabras

Cuando Bidea inició su camino como proveedores de soluciones salvaescaleras, poco/as tenían conciencia del impacto que una palabra como “minusválido” tiene en la persona que la recibe.

De hecho, en general, muy poca gente entendía el poder que una palabra puede tener en los sentimientos de otra persona.

Por aquel entonces se hablaba de personas con “deficiencias físicas”.

O, de personas con una “minusvalía”, cuando una “discapacidad” les hacía carecer de independencia física.

Afortunadamente, hemos evolucionado considerablemente.

La mayoría comprendemos ahora que esa persona es igual al resto de los seres humanos que la rodean, y simplemente vive con una “diferencia funcional”.

Pero, aún hay mucho camino por recorrer.

Aún nos queda mucho trecho para entender el poder que la comunicación en general, y una palabra aparentemente inofensiva, pueda tener en la psique, y en la vida de una persona.

Gracias al trabajo de neurocientíficos cognitivos como Luis Castellanos estamos empezando a entender lo mucho que el uso correcto del lenguaje puede contribuir a mejorar la salud y el bienestar de las personas.

Su labor, y la de muchos otros académicos en diversos campos, subraya la estrecha conexión entre el lenguaje y las emociones, apuntando a la importancia de comunicarnos con un lenguaje positivo que genere “una energía que antes no sabíamos que venía del lenguaje. Ahora sí sabemos que viene del lenguaje.”

El lenguaje es tanto un reflejo como constructor de la realidad en la que vivimos.

Cada uno de nosotros tenemos la responsabilidad de comunicarnos positivamente para crear esa energía positiva en las personas de nuestro entorno. Labor y responsabilidades que empiezan en nuestro sistema educativo y familiar.

Por un lado, debemos inculcar a nuestros pequeños la importancia de comunicarnos con precisión y con un lenguaje positivo e inclusivo, tanto en la escuela como en casa.

Por otro lado, debemos proporcionar a las personas que viven con diferencias funcionales las herramientas necesarias para que puedan llevar a cabo una vida plena.

Son más de 650 millones las personas que viven con una discapacidad física o mental.

Ha llegado el momento de que por fin les demostremos nuestro respeto, empatía y apoyo con el uso de un lenguaje verdaderamente positivo e inclusivo.

Así, que, ¡vamos a eliminar palabras como “minusvalía” o “discapacitado” de nuestro vocabulario y relegarlas a un pasado lingüístico que por fin quedó atrás!

“Discapacidad” y “minusvalía”: implicaciones y connotaciones negativas

“Una palabra es una palabra”… puede que estés pensando.

“Tampoco hay que darle tanta importancia…”.

Lo que ocurre es que, en realidad, la hay.

“Lo que importa es el trato hacia las personas”, comentan muchos.

Y, no se equivocan, pero una cosa no elimina la otra.

Porque, la persona que vive con diversidad funcional define su identidad desde una mirada externa: la persona no construye su identidad, se da cuenta a partir de una etiqueta que le ponen.

Vamos a ver el significado de estas dos palabras y por qué tienen connotaciones que ya no tienen cabida en la sociedad contemporánea:

Discapacitado-da:

Se trata de un neologismo proveniente del inglés “disabled” con implicaciones muy peyorativas para las personas que viven con limitaciones de movilidad.

Decir que alguien es “discapacitado” es decir que esa persona carece de la capacidad de hacer algo, creando de esta manera, una posición de inferioridad en comparación con la persona que sí creemos que tiene capacidad.

En noviembre de 2020, la Real Academia Española (RAE) llevó a cabo una modificación de la definición del término discapacidad, pasando de una “disminución por un problema físico, sensorial o psíquico, que incapacita total o parcialmente para el trabajo u otras tareas” a una «situación de la persona que por sus condiciones físicas o mentales duraderas, se enfrenta con notables barreras de acceso a su participación”.

Un cambio positivo y muy necesario, pero, ni mucho menos adecuado, ya que sigue centrándose en la persona, aunque admite el papel que juega el entorno por primera vez.

Minusválido-a

Etimológicamente, esta palabra proviene del latín minus ‘menos’ y válido, con la terrible implicación de que las personas con movilidad reducida son “menos válidas” que el resto de los ciudadanos en una comunidad.

Lo mismo sucede con el término “inválido/a”.

Un ejemplo clarísimo de una palabra con una carga extremadamente negativa que se implantó en nuestro vocabulario hasta tal punto de negar oportunidades y la integración social a tantas personas con diversidad funcional.

Sí, estamos forjando un camino positivo hacia una sociedad mucho más consciente del impacto del lenguaje.

La Ley 39/2006 de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia, Disposición adicional octava, nos recordaba que debíamos dejar atrás vocablos tan poco humanos y sustituirlos por “personas con discapacidad” para hablar “del grupo de personas con discapacidad conscientes de las innumerables barreras (arquitectónicas, laborales, psicosociales…) a las que tienen que hacer frente para desarrollar una vida normalizada, participativa e integrada en el conjunto de la sociedad”.

Sí, leyes como estas son un paso importante.

Pero, no son suficientes.

Sin un cambio de paradigma en nuestras costumbres, actitudes, mentalidad, y lenguaje… de poco sirve una ley que, de todas maneras, se queda muy corta.

¿Cuál es el siguiente paso?

El siguiente paso debería ser dar voz a la opinión de las personas que viven con esta realidad cada día.

Son ello/as quienes deben concurrir en una terminología que les haga sentirse cómodos e identificados.

¿Quién somos nosotros para calificarlos de personas con el término más aceptado ahora de “diversidad funcional”?

Porque, si bien es cierto que se trata de un vocablo que parece transmitir algo mucho más positivo, sin embargo, muchos grupos representativos de personas con “diversidad funcional” afirman que es un término ambiguo que no refleja adecuadamente la lucha diaria contra los obstáculos y los estigmas a la que se enfrentan.

Por eso, nos recuerdan que el lenguaje y la realidad, van mano en mano.

Y, lo que importa es cambiar ambos para crear puentes, abrir oportunidades, y construir una sociedad verdaderamente igualitaria.

¡Objetivo que nos motiva y guía diariamente en Bidea desde hace dos décadas!

Eliminar las barreras arquitectónicas a las que se enfrentan las personas con diversidad funcional tanto en sus hogares como en las zonas públicas es nuestro granito de arena en la creación de un mundo más justo, más inclusivo, con mayor autonomía y calidad de vida ¡para todo/as!

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Nuestros técnicos especializados estarán encantados de visitarte sin compromiso para identificar tus necesidades exactas, y orientarte hacia el tipo de solución salvaescaleras más adecuada.

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